
Requisitos para la magia: el cielo de verano y de paja el sombrero. Con éste, me cubro la cara, mientras, echado de espaldas en la arena, miro hacia arriba. Entrecierro los ojos. La luz penetra por entre las junturas de la paja y se multiplica en innúmeros farolillos de resplandores minúsculos.
Destellos que componen rosetas y vitrales de texturas ardientes.
Contemplar este pequeño universo en que se ha convertido el interior del sombrero es todo un deleite y mi ocio de veraneante se ve gratificado. Nada he dicho del color. Va del trigueño al café, con densidades de miel y cálidas irisaciones. Y, con certeza, queda aún mucho por descubrir, en tanto que este dolce far niente me lo siga permitiendo.
Javier Sologuren
